

Ritmo de la luminosidad y sus contrastes sobre la ciudad, presente en las edificaciones y vegetación, al pasar del día a la noche. En el día la ciudad mantiene un ritmo pausado, la luz del sol dibuja en los elementos sombras propias, dando mayor intensidad a las formas estructurales de los edificios. Por la noche, el ritmo aumenta su intensidad, las luces artificiales, deliberadamente ubicadas, provocan un efecto vibrante, atrayente, de riqueza visual que invita a concentrar la mirada del observador a puntos determinados.
Ritmo de luces, en el entorno cuyo paisaje posee una estructura rígida, gris, de frialdad. Las luces difieren de color e intensidad, evoca a las diferentes personas que habitan los interiores. Sus colores obedecen a la casualidad, lo imprevisible, lo no controlado; no obstante, sujetos por el orden de la estructura general.

Ritmo del movimiento en la ciudad a través de líneas que se dirigen a un punto de fuga, de formas cuadradas en direcciones ascendentes y descendentes, que van creando perspectiva, y formas onduladas en diferentes direcciones que se van desvaneciendo a medida que se alejan de su punto de origen evocando el humo de la contaminación.
Ritmo desigual. Contrastes rítmicos de las formas y líneas, en las que se conjugan las formas curvas de las plantas, las rectas de los edificios, y la composición de colores contrastantes que denotan el énfasis de esta desigualdad. Esta desigualdad se halla enmarcada en la ciudad, en diferentes espacios, de manera intermitente y variable.
El ritmo generado por la variedad de señalética y su significado, que regulan el curso dentro de la ciudad, sin valor individualmente, se vuelven relevantes entre las distintas edificaciones, pues cada edificio varía en tamaño y estética, aunque siempre conservando un tono gris, razón porque las señaléticas provocan un quiebre visual que regula el ritmo de la urbe.